La reportera del canal que se ve en todos los consultorios médicos, anuncia con el tonito característico que le usurpa su identidad puertorriqueña, que la investigación sobre el crimen del doctor Algarín, “tomó otro giro: el móvil es pasional”.
La señora rubia, con ropa de marca y joyas costosas, que vivió en España durante la dictadura de Franco (la mejor época de ese país, según ella), comenta: “Otro pato. Ya van dos en este mes y ambos médicos. ¡Ya no hay vergüenza! Dios los castigó por pecadores”.
La otra señora de enfrente, de igual calaña, quien estuvo en Europa el verano pasado, opina que: “en Francia esa gente no tiene vergüenza, se besan donde quiera. En España hasta se casan. ¡Qué falta hace Franco! En Italia, por respeto al Papa, se comportan con más prudencia”.
Yo, en un rincón de la oficina, interrumpo la revisión del material de la clase que impartiré esa tarde. Las miro y pienso que seguro ninguna de las dos tiene parientes con esa orientación sexual. No me cabe duda de que en sus familias, de intachable moral cristiana, no existe tal aberración, y si por error hay alguna persona descarriada hacia ese bando, de ella no se habla, es renegada y despreciada.
Ambas damas continúan su chachareo homofóbico, avaladas por su Dios que condena a esos inmorales.
Mientras yo, a punto del delirio, pido a mis diosas y dioses, y hasta al de ellas (talvez se sensibiliza), que no permitan que a estas dos les toque un nieto gay o una hija lesbiana. Les imploro que eviten que estas señoras respetables tengan algún familiar homosexual, para que no cometan, en nombre de sus creencias y su decoro, el peor de los crímenes: ese que mata la identidad de estos seres.
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